jueves, 28 de abril de 2016

EL TRANVÍA AÉREO... FASCINACIÓN

Archivo de José Huguet


1909 - Con el comienzo del año el ritmo de proyectos para dotar de atractivos a la Exposición Regional resultó frenético.  En el mes de febrero el Comité de la Exposición, que había recibido del Ayuntamiento la exclusiva sobre el uso del vado del río en la zona de su confluencia, dio permiso a D. Luis Gil Sumbiela para la construcción de un tranvía aéreo llamado a comunicar el Llano del Remedio con la otra parte del río, en la Alameda, en el punto justo enfrente a la entrada principal del recinto ferial, que iba a estar flanqueado por dos puentes, el de la Exposición en construcción y el del Mar.

Si para la nueva y muy próxima pasarela se había optado y como novedad por el hormigón armado, en esta ocasión, la conexión aérea sería a base de hierro y acero, no exenta de elegancia para admiración de los visitantes.  El director y constructor iba a ser el arquitecto Ramón Lucini, tan vinculado a la Exposición por otras intervenciones en la misma, lo que garantizaba el propósito.

En principio se había previsto como fecha de puesta en marcha del tranvía aéreo los últimos días de abril, tiempo necesario para la construcción de dos torres de hierro de once metros de altura, enlazadas por cables de acero de procedencia británica de gran calidad, a cuyo través, suspendidas en el aire, las cabinas de pasajeros trasladarían a los pasajeros de una a otra parte del río.

Sin embargo se retrasó el comienzo del montaje de las torres que no seria hasta el 17 de abril, con un plazo de ejecución de 15 días. Se contaba con la presencia del ingeniero inglés M. Stewenson, que no se marcharía hasta su finalización. Para comodidad de los usuarios en su ascenso a las torres, se prescindía de escaleras con subida giratoria una vez realizado el embarque.

Diversos problemas hicieron que se postergara su puesta en marcha, entrando en servicio el 23 de julio cuando ya estaba inaugurada la Exposición desde el pasado 22 de mayo. La distancia entre las torres era de 185 metros y su ejecución a cargo del constructor D. Jorge Bartle, que resultó ser una difícil obra de ingeniería, la mayor existente en Europa de semejante característica, causó gran satisfacción para los invitados.

El precio de un pasaje era de 0,25 pesetas; ida y vuelta 40 céntimos, y el abono para diez viajes, 2 pesetas.

¡Suban señores, disfruten su viaje!


Fascinación

María, aquella muchacha avispada que trabajaba en un taller de pasamanería de la calle de los Derechos, viajó en el tranvía aéreo una tarde de finales de julio de 1909. Y fue una experiencia que jamás pudo olvidar; una pequeña aventura que contó una y otra vez, cuando los hijos tenían que dormirse, cuando los nietos reclamaban un cuento.

El viaje duró muy poco y no tuvo mucho de especial. Total, se trataba de cruzar el río Turia, de hacer un recorrido de ciento cincuenta metros en una cabina de hierro pintado que se deslizaba por unos cables a no más de diez metros de altura. Pero igual que hizo aquel atardecer caluroso, ella siempre puso el corazón al servicio de la fascinación que no siempre nos da la vida. Un recurso de su ingenio le hizo vivir el viaje con la intensidad de una adolescente que había vivido una extraordinaria aventura sin salir de su ciudad.Y lo repitió siempre, con la emoción de una madre y la seguridad de una abuela protectora.

-     Aquella carroza aérea –decía—parecía flotar en el aire… Acolchada de luces y flores, pintada con los más bonitos colores, la cabina se elevó en el cielo…. Y avanzó despacio sobre la hierba del cauce, sobre la cinta de agua del río…

La vida es más llevadera si va acompañada de fantasía. La vida corriente, la vida monótona y sin grandes perfiles de una aprendiza valenciana de 1909, se transformó una tarde, gracias a un simple viaje en el tranvía aéreo de la Exposición Regional. Apenas le costó cinco céntimos. Luego, con sus amigas, recorrió todos los paseos, vio bailar a los ricos en el Pabellón del Casino, se hizo multitud alrededor de un automóvil y se maravilló ante un globo de gas que estaba a punto de volar.

Casi treinta años más tarde, en el silencio sobrecogedor del refugio, María se apretujaba con sus hijos, esperando el tronar del bombardeo que llegaba desde el mar. Contra el miedo, su discurso era el mismo:

-          Volábamos hacia la Alameda en una cabina de plata, por encima de un río que parecía una cinta de papel de plata, como las que ponen en el belén.

Su imaginación, su poesía innata, siempre estuvo a punto: para compensar las amarguras y suplir las carencias de una vida sin relieve. En las noches de apagón después de la gran riada de Valencia, fueron dos nietos los que se apretaron a su cintura llenos de temor. Y ella, como siempre, acudió a sus mejores recuerdos:

-          Era como si un pájaro nos llevara en una caja de cristal cubierta de luces: pasamos el río en un suspiro para bajar suavemente en el otro lado del Turia…

F. P. Puche

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